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Siempre nos quejamos de la rutina, de los ritmos frenéticos y tediosos que nos impone la vida actual, tan poco recomendables para el disfrute del cuerpo y de la mente...
Pero cuando esta rutina se descabala, y más si eso obedece a una causa ajena a nuestra voluntad, deseamos entregarnos a ella con ansiedad, queremos volver a dejarnos acunar por las nimiedades y simplezas del día a día.
Está claro que somos animales de costumbres.

Esta mañana he abierto el ojo con el ingrato sonido del despertador, pero unas horas más tarde de lo habitual... y ya era de día.
Tenues rayos de luz entraban por las ranuras de la persiana, que nunca dejo totalmente echada porque me gusta la sensación de claridad al despertar. La penumbra dibuja los perfiles de los elementos que hay en la habitación y eso me da la certeza de que el sueño eterno no me ha llevado consigo, de que estoy viva una mañana más.

Hoy el regocijo era doble, ya que que las horas que tenía por delante volvían a ser las de un libre de rutina "normal". Por fin un día sin hospital, ni como trabajadora ni como cuidadora de familiar ingresado (que no sé yo qué es más duro).
Me he levantado con una sonrisa en la cara y he ido sin dilación a la cocina a por un café medio tempranero, el primero de los dos, como mucho, que habitualmente tomo en todo el día.
He echado un rápido vistazo a mi alrededor y súbitamente he sido consciente de que tengo muchas cosas pendientes por hacer, ya que la interrupción de la rutina "por causas de fuerza mayor", me ha obligado a mantener bajo mínimos mis aportaciones al hogar en las últimas dos tres semanas:
Me esperan todas aquellas tareas domésticas que no me satisfacen en absoluto pero que son necesarias para comer, vestir decentemente y poder habitar en un espacio limpio y ordenado.

Son las 8:30 y tengo que despertar a la fierecilla, que no dejará de remolonear en la tibieza de las sábanas unos minutos, hasta que la insistencia de su madre la convenza de que no le queda más remedio que levantarse. La vida es dura, pequeña, para todos...

Cuando pasan esos minutos de margen, nos adentramos en una franja peligrosa para comenzar con las prisas a horas tempranas, lo que me fastidia tremendamente, y las suaves palabras y besitos iniciales con los que intento minorizar el shock del obligado paso sueño-vigilia a "la gusanita" (que es como la gusta que la susurre al oído al despertar), comienzan a tornarse en órdenes y bufidos de no tan agradable escucha.
Vuelvo a mirar el reloj y el desbarajuste doméstico mañanero, crueles estresores con los que me topo los días que libro (¡bendito trabajo!).
Respiro hondo y sonrío.
Mi enana abre los ojillos, da un salto en la cama y se lanza directa a encaramarse en mi maltrecho cuello.
¡¡Dios, cuánto echaba de menos esto!!...


Berni.
Viernes 9/4/10.






El despertador ha sonado a las tres y cuarto de la tarde, justo cuando estaba disfrutando uno de esos sueños de los que luego no recuerdas nada, salvo que era muy agradable.
No me he levantado hasta las cuatro. Tampoco podría haberlo hecho antes, porque he dormido fatal y a pesar de haber estado unas cinco horas en la cama, aún me siento cansada.
Y para qué negarlo, me encanta haraganear un rato después de abrir los ojos, disfrutar de la tibieza de las sábanas e intentar recordar esas ensoñaciones perdidas. Siempre que puedo gandulear en la cama lo hago, aunque son contadas las ocasiones, prácticamente cuando trabajo de noche, y en mi único fin de semana libre del mes, que es el previo a la entrada nocturna.

He optado por tomar un café con dos galletitas de chocolate, por no estar en ayunas tanto tiempo . Lo último que comí, unas doce horas antes, en mitad de la noche, consistió en un ligero tentempié, porque el continuado trabajo me impidió salir a mi hora habitual a cenar, sobre la una o dos de la madrugada, cuando estoy en este turno, y en eso soy como los niños, que si pierden "su momento", luego se quedan sin apetito...

Tras una ducha rápida, la segunda del día (no puedo acostarme ni salir a la calle sin haberme dado una), me voy a por Marina al colegio.

Hace una tarde espléndida y apetece disfrutar del sol y del aire un rato.
Sentada en una terraza que hay en el parque, mientras ella juega y deambula a su aire, sin que yo la pierda de vista, intento leer las últimas hojas del libro que me tiene enganchada desde hace unos días, a la par que bebo una cerveza y degusto un canapé de rica tortilla. No es que el hambre que ahora empiezo a notar sea el culpable de que la tortilla parezca deliciosa, es que realmente lo está.

Los momentos de lectura son interrumpidos casi de forma constante por mi cachito de cielo, que va y viene en busca de hojitas y flores, porque ha prometido confeccionar, especialmente para mi, un saquito de olor similar al que le enseñaron hacer en su última visita a la granja escuela con el colegio.

La veo saltar y correr con energía, con esa alegría inmensa con la que vive cada uno de los momentos de la vida, desde que se levanta , feliz y cantando, por las mañanas hasta que se acuesta, a regañadientes, cada noche.

Parece una niña semi salvaje habitante del Orinoco, con su melena oscura siempre desvencijada, a pesar de mis vanos intentos para que vaya medianamente peinada. No me sirve de nada el empeño que pongo en hacerla coletas, porque su pelo liso y laceo parece que escupiera las gomas en una pugna constante por liberarse de las artificiales y molestas ataduras...

Pienso en la suerte que tengo y en el tesoro de felicidad que esconden todos y cada uno de los momentos de la cotidianidad.



Intento proseguir el libro, pero me es imposible.
Hace ya unas cuantas páginas que Carmen, la protagonista de una dura historia real, se encuentra en estado terminal, y su final está muy cerca.
La forma sencilla de Stan de describir sus últimos días de vida y hasta su misma muerte, le dota de una increíble capacidad de transmisión, y hace que experimente, al leerlo, un escalofrío en todo el cuerpo.
Un nudo en la garganta, un incontenible llanto... lágrimas mudas que se escapan furtivas...

Marina se acerca y nota mi momentánea tristeza.
- Mamá... ¿qué te pasa?
- Nada, mi vida, que la primavera me sienta fatal...
- ¿Es por tu alergia, mami?.
Esta niña es genial...
- Efectivamente... es la alergia, que ya sabes que a veces me hace llorar...
ay! mi cachito... ven aquí...

La abrazo con fuerza y miro de reojo las tapas color crema del libro... Siento que la vida es un regalo (*) ... y soy inmensamente feliz de poder disfrutarlo con tanta salud.
*My mamma said that your life is a gift (Lenny Kravitz)
Todas las mañanas la misma rutina...
Me tiro de la cama, literalmente, sobre las 6h. Voy directa al baño y me posiciono bajo el chorro caliente de la ducha, paso indispensable si quiero espabilar y sacudirme el sueño.
Después un café, con mucha leche, dos de azúcar y templado, odio los líquidos muy calientes ( salvo el que me cae por la cabeza unos minutos antes )... debo ser una excepción en los miembros de mi familia, que cuentan con propiedades ignífugas en la boca y en la lengua, a juzgar por la temperatura de la estupenda sopa de mi madre y la premura con que todos se la toman...
Luego me quito el albornoz y me visto ( no estaría bien ir a trabajar con semejante pinta, aunque luego nos obliguen a llevar un "pijama" para ello )... Intento adecentarme un poco con un toque de colorete y un golpe de secador... que me deja un look a lo Tina Turner total... no me extraña que luego haya cachondeíto con los compañeros... Yo lo intento arreglar, pongo empeño en ello, pero mi pelo es absolutamente indomable ( como alguna parte de mi "yo" interior, jejeje ), perfecto para un anuncio de champú antiencrespamiento, de esos tan de moda en la publicidad actual ( parece que el pelo rizado es un castigo reciente, todas las mujeres antes debían tenerlo liso )... eso sí, solo para las escenas del "antes del uso"...en fín...
Cuando salgo de casa un cambio de ambiente me termina de despejar, brisilla otoñal en éstos días, fresca y aún agradable.
En el coche escucho música variada, según tenga el ánimo. Unas veces música tranquila, soul, funkie suave, R&B, boleros incluso... o todo lo contrario, disco, house, progressive moderado... Ultimamente opto por el segundo estilo, debo estar espídica aún por los recuerdos vacacionales...
Paro en un kiosco a comprar el periódico, siempre el mismo. El dueño ya me conoce. La misma chica del monovolúmen azul, con la música a todo trapo y con una sonrisa en la cara...
Llego al parking a las 7:10 y si me retraso tiro hacia el forense y aparco donde "los sin papeles" que disfrutan mientras maniobro con Timbaland o FloRida ( se lo pongo a propósito, me dijeron que les gustaba mucho)...



Cuando subo al servicio ya cambiada me quedan unos minutos para desayunar bien, otro café y un tazón de cereales, que la mañana es muy larga y no sé lo que me depara... Mientras leo más detenídamente el periódico. Compruebo con sensación de hastío como las cosas siguen igual. Noticias tremendas por donde abra el diario... muertes, atentados, violencia de género, catástrofes naturales... la sección de política la inicio, pero casi nunca la termino, son pocas las ocasiones en que logre mantener la atención, casi siempre me aburro soberanamente..




A las 7:45 compruebo mi puesto y marcho hacia él para que la/el compañera/o nocturno me dé el parte, con ojos vidriosos y la prisa que confiere la necesidad imperiosa de descanso. Cuando los miro pienso si yo tengo tan mala cara cuando salgo de noches... y que ese turno es el menos recomendable para la salud, sin duda alguna...
Doy un vistazo rápido a mis pacientes. Ultimamente me invade con frecuencia el mismo sentimiento que cuando leo el periódico: un hastío profundo y una tristeza indescriptible.
Ayer escuché a una compañera que hacía un comentario un tanto salvaje: "nos ocupamos de los muertos primero, después de los vivos, aunque cuando prestamos atención a los segundos, ya no hay remedio...".
Se me quedó grabada cada palabra de la frase y lo más penoso de todo es que, aunque me duela reconocerlo, en el fondo creo que es totalmente cierto...