Tenía una mirada particular, la común y característica de toda persona "perdida" en el intrincado laberinto de su propia mente.
Su semblante le confería una especial capacidad de generar en los demás una mezcla incómoda de extrañas sensaciones, fluctuantes entre el miedo y la tristeza más profunda, y de desatar en ellos una reacción de huida, como respuesta autoprotectora.
Aún así, yo no podía evitar mirarlo fijamente.
Sabía que su cuerpo estaba ahí, presente frente a mi, acostado en posición fetal en la cama. Pero su cabeza permanecía totalmente ausente, pululando de manera indefinida por otros espacios, unos mundos interiores lejanos, sombríos, y absolutamente indescifrables para los de fuera...
Su rostro y su aspecto en general eran un fiel reflejo de la escasa luz recóndita en tan abstractos pensamientos.
Nunca hubo mucha claridad dentro de él, según contó su familia, pero la escasa iluminación que algún día existió, terminó de esfumarse tras la muerte de sus queridos padres, con los que siempre había vivido, y a los que cuidaba con esmero en una rutina patológica de un universo imaginario, aún después de su real fallecimiento ocurrido hacía años.

Tenía la casa extremadamente limpia, ordenada con una metodología compulsiva y decorada con ciertos objetos de culto presentes de manera repetida por todas partes.
Todo colocado como en una exposición, sólo para ver y no tocar.
El ambiente conformaba un extraño hábitat, claramente anómalo a los ojos de cualquier persona "normal".
Pero lo cierto era que nadie se ocupaba de él, porque a nadie permitía entrar en aquel templo.

Un día los bomberos, alarmados por los vecinos, tiraron la puerta de su casa y lo hallaron inconsciente en el sillón del salón. Se encontraba en un estado deplorable, sucio, deshidratado, con un descontrol metabólico tremendo, prácticamente al borde de la muerte.

Al tercer día de estar en la UCI se dejó asear sin poner resistencia y comenzó a articular algunas palabras coherentes, que ya no eran sólo los sonidos guturales y lastimosos que emitía los días previos.
Al principio te acercabas a él para cualquier cosa y se colocaba instintivamente en una posición de defensa, como la de un niño pequeño que trata de cubrirse con sus propios brazos para repeler una cruel agresión.
Después, tras los cuidados terapéuticos, un poco de paciencia y enormes dosis de afecto, se dejaba llevar dócilmente, como un animalillo al que le das de comer y te sigue confiado.

Tras una semana mejoró lo suficiente como para ser trasladado a la planta de Psiquiatría y ya no volví a saber más de él.

Ha pasado bastante tiempo después aquello, pero lo recuerdo perfectamente.
Me acuerdo, sobre todo, de su mirada, porque los ojos de ciertos pacientes (con determinadas enfermedades psiquiátricas), no se me olvidan.
Siempre son fríos y oscuros, como los fondos pantanosos de una ciénaga, en la que es imposible encontrar un brazo del que tirar para ayudar al que está dentro, por mucho que remuevas el lodazal...



Berni.
Martes12/1/10.
3 Responses
  1. Y no puedes hacer nada más...


  2. Javier Says:

    Me rescatas una inquietud. Y un consuelo.
    Uno nunca sabe qué quedará cuando el tiempo termine su trabajo.
    Pero ahora me reconcilia con el mundo saber que siempre habrá alguien como tú pendiente de la mirada.

    Después, puede que la memoria nos abandone lo suficiente.

    Un saludo.


  3. Berni Says:

    Pues a veces, desgraciadamente, no puedes hacer nada más...

    Son las mismas veces que quisiera "que la memoria me abandonara", aunque solo por mera frustración... Me da una pena horrible saber que no puedo hacer nada más...